"Su escultor"-por Belkis Cima.
En aquel pueblito la gente conservaba esas costumbres que hacen a la familiaridad, todos conocían todo de todos. Cada vecino sabía lo que hacía el de la derecha y el de la izquierda, el de enfrente y el de la otra cuadra. Cosas que suceden en un pueblo chico y una de ellas aún persiste y es reunirse cada domingo en la iglesia para escuchar la santa misa.
Esa era una tarde como tantas que transcurrían en ese pequeño poblado, sin muchas novedades ni entretenimiento por realizar. Él invitó a la niña que lo acompañara a su trabajo. Una jornada más para él, para ella algo único y sorprendente para compartir con sus amigas.
La pequeña con intensa alegría se vistió para la ocasión con su falda más bonita y tomó su carterita amarilla en la que guardó una libreta deformada y desgastada junto con un lápiz de grafito negro. Estaba lista y él apareció con un paquetito de papel cerrado con un pliegue muy particular y casero que contenía, por el olorcito a vainilla, sus galletitas marmoladas preferidas, también la botellita con jugo y forma de naranja que solamente se compraba para momentos especiales.
Le ofreció su mano, esa que se veía grande, cuarteada y maltratada por el frío y los quehaceres, tan necesarios para el sustento de su familia, esa que poco descansaba y mucho trabajaba. Mirándolo a sus ojos verdes la niña embelesada por la situación, tomó la mano rústica y calentita que siempre le regalaba seguridad y juntos marcharon a trabajar.
Sentada en uno de esos largos bancos de madera dibujaba ángeles y formas difusas que su lápiz se encaprichaba con trazar hasta que en un momento el movimiento de esas manotas ásperas y embardunadas con un material opaco y viscoso modelaban firuletes toscos que tomaban formas con las caricias de aquel hombre que tan concentrado estaba en su tarea. Las caricias en esa pasta surtió el mismo efecto que producían en su cuerpo cuando se golpeaba o simplemente buscaba un mimo y en esas manos encontraba, a pesar de la piel gruesa, la suavidad y ternura que calmaba cualquier dolor.
Los rayos del sol espiando por el vitraux anunciaban el inminente atardecer y junto con él la obra cobraba otro color. Los detalles bordeando la cruz del fondo tomaron personalidad con precisión en el toque final.
Cautivada por los movimientos de esas manos conocidas se encontraba frente a un artista que con su trabajo daba belleza a la parte más importante del edificio que todos los domingos visitaban los vecinos, ese lugar era el altar de la iglesia del pueblo.
La admiración quiso igualar al amor porque había sido su papá el encargado de afiligranar la casa de Dios y de los hombres.
Para los vecinos fue el albañil, para ella un gran escultor porque era su papá.
Belkis Cima
Es este mi regalo para mi papá que desde el cielo me mira con sus hermosos ojos verdes y para todos los padres en su día.
Comentarios
Hermoso relato!!!!🥺🥺🥺🥺😢😢😢❤❤❤